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Flex living: cuando la vivienda se vuelve un servicio

HAUSS MARKETHAUSS MAGAZINE · 8 min de lectura

Espacio residencial flexible en una gran ciudad

Durante mucho tiempo, la vivienda se pensó como algo bastante estable. Uno compraba o alquilaba una casa, se instalaba, llenaba armarios, colgaba cuadros y construía una vida alrededor de una dirección. Esa idea no ha desaparecido, ni mucho menos. Pero convive cada vez más con otra realidad: la de personas que se mueven más, trabajan de otra manera y necesitan soluciones residenciales menos rígidas.

Ahí aparece el flex living.

Una necesidad muy concreta

El término puede sonar nuevo, incluso algo frío, pero responde a una situación muy concreta. Hay profesionales que pasan varios meses en una ciudad por trabajo. Estudiantes de posgrado que no quieren una residencia tradicional. Directivos desplazados. Equipos internacionales. Personas que llegan a Madrid, Barcelona, Málaga o Valencia y necesitan vivir bien desde el primer día, sin comprar muebles, sin firmar contratos eternos y sin pasar semanas resolviendo lo básico.

No buscan exactamente un hotel. Tampoco un alquiler convencional. Buscan algo intermedio: un espacio cómodo, bien situado o bien conectado, con servicios, cierta flexibilidad y una experiencia más sencilla.

De etiqueta de nicho a conversación central

Esa necesidad explica por qué el flex living ha pasado de ser una etiqueta de nicho a convertirse en una conversación central dentro del inmobiliario. En España, el sector living fue el principal motor de la inversión inmobiliaria en 2025, con 5.400 millones de euros y un 29% del total, según CBRE. Y en el primer trimestre de 2026, Colliers señalaba que la inversión en living alcanzó los 2.386 millones de euros, con el flex living consolidándose como una solución residencial complementaria.

Pero quizá lo más interesante no son solo las cifras. Es lo que dicen sobre la forma en que está cambiando la demanda.

La vivienda ya no se entiende únicamente desde la propiedad o el alquiler tradicional. Empieza a mezclarse con servicios, comunidad, tecnología, hospitalidad y gestión profesional. El usuario no solo pregunta cuánto cuesta un espacio. Pregunta qué le resuelve. Si puede entrar rápido. Si tiene wifi, zonas comunes, limpieza, gimnasio, flexibilidad, contrato claro y una ubicación que no le complique la vida.

En ese sentido, el flex living tiene algo de respuesta práctica a una ciudad más cara, más móvil y más exigente.

No es una solución para todo

No es una solución para todo. Conviene decirlo. No va a resolver por sí solo el problema de acceso a la vivienda, ni debería venderse como una fórmula mágica. De hecho, puede generar tensiones si ocupa espacio residencial que antes iba al alquiler permanente o si se desarrolla sin una regulación bien pensada. Pero sí responde a una parte real de la demanda que no estaba bien atendida.

El País apuntaba en abril de 2026 que el alquiler temporal y flexible en España ya contaba con 17.441 unidades operativas y casi 19.854 en desarrollo, con una fuerte concentración en Madrid. El mismo análisis señalaba que el modelo se dirige sobre todo a estancias medias, profesionales con movilidad y usuarios que buscan servicios incluidos.

Ese dato ayuda a entender el fenómeno. No estamos hablando solo de "coliving bonito" o de apartamentos para nómadas digitales. Estamos hablando de un producto inmobiliario con demanda específica, operadores especializados, inversión institucional y una lógica urbana propia.

El reto está en hacerlo bien

Porque el flex living puede caer fácilmente en una versión superficial de sí mismo: edificios con estética cuidada, zonas comunes fotogénicas y mucho discurso de comunidad, pero poca profundidad operativa. Y este negocio, si quiere funcionar, no depende solo del diseño. Depende de ocupación, rotación, mantenimiento, experiencia de usuario, gestión de precios, servicios, tecnología y ubicación.

No basta con reformar un edificio y ponerle una marca atractiva. Hay que saber operarlo.

Un activo que se parece a un negocio

Esa es una de las grandes diferencias frente al residencial clásico. En el flex living, el activo se parece cada vez más a un negocio operativo. La rentabilidad no depende únicamente del valor inmobiliario, sino de cómo se gestiona el día a día. Quién ocupa los espacios, cuánto tiempo se queda, qué servicios utiliza, cómo se mantiene la experiencia, qué reputación construye el operador y qué nivel de eficiencia consigue.

Para los promotores, esto abre posibilidades nuevas. Suelos terciarios, antiguas oficinas, activos mal aprovechados o ubicaciones con buena conectividad pueden encontrar una segunda vida si el modelo está bien planteado. Para los inversores, supone una oportunidad, pero también una exigencia mayor: entender que no todos los proyectos flex son iguales y que la calidad del operador pesa tanto como la calidad del inmueble.

La moda no sustituye al análisis

Hay ciudades donde este modelo tiene mucho sentido. Lugares con universidades internacionales, ecosistemas tecnológicos, sedes corporativas, turismo de larga estancia, talento extranjero o presión residencial. Pero incluso ahí, la pregunta no es si el flex living está de moda. La pregunta es si ese activo concreto responde a una demanda real.

Porque las tendencias, cuando se ponen de moda, también atraen demasiado entusiasmo.

Y el entusiasmo, en inmobiliario, puede ser peligroso si no se acompaña de análisis. Un proyecto de flex living debe responder preguntas muy claras: quién va a vivir ahí, cuánto está dispuesto a pagar, qué alternativas tiene, qué nivel de ocupación es razonable, qué coste operativo exige el modelo y qué ocurre si la demanda se enfría o la regulación cambia.

Complementa, no sustituye

Aun así, la tendencia parece tener recorrido. No porque todo el mundo quiera vivir de forma flexible, sino porque cada vez hay más personas que, durante una etapa concreta de su vida, necesitan hacerlo.

Esa es la clave: el flex living no sustituye a la vivienda tradicional. La complementa.

Aparece en los huecos que el mercado residencial clásico no sabe cubrir bien. Entre el hotel y el alquiler. Entre la llegada a una ciudad y la instalación definitiva. Entre trabajar desde cualquier lugar y necesitar una base cómoda. Entre vivir solo y querer cierto grado de comunidad. Entre moverse mucho y no querer renunciar a calidad.

Un espejo de cómo estamos empezando a vivir

Quizá por eso resulta tan interesante para entender hacia dónde va el sector. No habla solo de edificios. Habla de hábitos. De cómo cambiamos de ciudad, de trabajo, de ritmo y de expectativas.

El inmobiliario siempre ha tenido algo de espejo social. Nos dice cómo vivimos, pero también cómo estamos empezando a vivir.

Y el flex living, con todas sus luces y sus dudas, apunta precisamente a eso: una forma de habitar menos permanente, más gestionada y más adaptada a una generación que no siempre puede — ni quiere — organizar su vida alrededor de una dirección fija.

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